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martes, 2 de febrero de 2010

Reflexiones y un relato, ¡ Quiero Morir!




Si hace tiempo me hubiesen preguntado mi opinión sobre el suicidio habría contestado alterada que es el supremo acto de egoísmo, de castigo para los que quedan. Quizá influyó en esa valoración los estragos que provocó esta circunstancia en una amiga del colegio. Fue algo que la marcó durante toda su vida.


El tiempo me ha hecho más tolerante, menos severa y menos rígida en las apreciaciones. Hoy soy capaz de entender aunque no esté de acuerdo el pozo de angustia que lleva a alguien a derrotarse y tirar la toalla.
Una amiga me ha llegado con la noticia de que el hijo de su prima de dieciséis años ha tenido un intento de suicidio. Una llamada de atención, ha dicho el psicólogo. Ha querido castigar a la chica que le había dejado y ha minimizado el hecho alegando que antes de tomar las pastillas se había asegurado que llegasen a tiempo. Una chiquillada, es cierto, pero la armonía del hogar de la prima de mi amiga está deshecha que ha quedado destrozada moral y psicológicamente. Que no deja de atormentarse mientras se pregunta en que se ha equivocado y en lo que podría haber ocurrido.
Un matrimonio estupendo, una familia llena de valores que siempre lo han sacrificado todo en la educación de sus hijos en colegios privados. De nada ha servido repetir que ha sido un acto de inmadurez. Que la problemática de los hijos es indistinta al status. Esto ha quebrado sus esquemas y según ella la paz, la seguridad y la confianza que ella tenía en sus hijos se ha roto para siempre por no hablar del temor de que este hecho sea una lacra en su futuro.
He dicho que le diga que frágil era la estructura si se ha desmoronado al primer problema. Es ahora cuando tiene que demostrar toda la seguridad y fuerza acercándose más a los chicos para saber que ronda su cabeza. Educar es una tarea de constancia, amor y tesón que no suelen resolver los medios económicos.
Ayer mi amiga me llamó y me pidió un relato que escribí hace mucho tiempo sobre el tema basado en hechos parcialmente reales. Quería que el chico lo leyese.
Podría haber hecho un largo escrito sobre lo maravilloso que es vivir, en lugar de eso he preferido publicar el relato. Ratifico el pensamiento sobre la dificultad de preparar a un hijo para enfrentarse al mundo y que la vida es un tesoro. Siempre merece la pena ser vivida y disfrutada.





¡ QUIERO MORIR!



Terminaba de preparar el almuerzo. Su hija de diecisiete años no había bajado esa mañana a desayunar, tal como venía haciendo la última semana desde que la había dejado el novio. Estaba preocupada, la había visto entrar en el baño hacía bastante rato. Con esa intuición que a veces solo son capaces de tener las madres encaminó sus pasos hasta allí, intentó abrir la puerta y la encontró cerrada. La alarma que había sentido fue en aumento y dio un empujón a la puerta haciendo saltar el cierre.

Se le heló la sangre, su hija metida en la bañera media de agua tenía una cuchilla sobre la muñeca. Vio con horror como el agua se manchaba de rojo.

La levantó envolviéndole la mano herida con una toalla mientras su hija gritaba y se debatía. Tiró del tapón y la arrastró fuera, le colocó con suavidad el albornoz mientras su hija no dejaba de sollozar gritando que quería morir.

La llevó hasta el dormitorio, la sentó en la cama, buscó el botiquín y comenzó a curarle la herida. Aliviada comprobó que solo había sido un corte poco profundo. No dijo nada, ni un grito, ni un reproche, eso hizo que su hija cesase el llanto y solo mirase a la madre desconcertada.

. – Voy a contarte una historia – dijo finalmente la madre con la misma voz tranquila – Susana tenía más de treinta años cuando conoció a Antonio.

. – ¿ Susana? – preguntó la hija sin entender nada.

. – Sí. Susana – Continuó ésta con una sonrisa – Tardaron seis años en llevar a cabo la ceremonia de la boda. Iba a ser una gran celebración. Los padres de Susana no tenían dinero pero era hija única y querían que fuese por todo lo alto. Gastaron en ello todos sus ahorros. Y llegó el gran día. Susana estaba radiante, el vestido era precioso y el pelo suelto bajo el gran velo bordado le quedaba espectacular. Sentada en el coche camino de la iglesia no podía creer que ese día había llegado. La ceremonia era a las seis y a las seis y cinco estaba frente a la iglesia, tuvo que dar una vuelta porque el novio no había llegado aún, a esa vuelta siguió otra y otra, hasta que a las seis y media apareció el padre del novio diciendo que Antonio no iba a venir.

. – ¿ La dejó plantada? – preguntó la hija apretando el albornoz contra el cuerpo mientras trataba de entender porque su madre le contaba ese historia en lugar de enfurecerse con ella por lo que había intentado hacer.

. – Sí. La dejó plantada y Susana tuvo que incorporarse a su trabajo en el hospital donde trabajaba, le habían dado quince días de permiso por boda que al no celebrarse quedaron anulados.
Veinte días después, Susana se sentía en el infierno, ya habían pasado los cuchicheos que cesaban al verla pero no las miradas de lástima. En el vestuario se hacía el silencio cuando ella entraba en lugar de las habituales bromas, sabía que lo hacían por consideración a ella pero hubiera preferido un comportamiento más normal en lugar de una actitud que le recordaba que había sido una novia abandonada en el altar. En su casa las cosas no eran mejor, sus padres estaban deshechos, les oía lamentar que Antonio no lo hubiera hecho un día antes pera evitarles la humillación y los gastos. La comida del banquete ya estaba preparada y sus padres habían tenido que abonar una celebración que no tuvo lugar. El banco solo le concedió la hipoteca a ella, era la única que tenía un empleo fijo, él era autónomo. Ahora se encontraba con una casa con hipoteca que solo con su sueldo no podía sostener. Tendría que venderla y marcharse a vivir con sus padres hasta encontrar algo más asequible. Iba a cumplir treinta y siete años. ¿ Donde iba ahora?. Sus amigas se habían casado y la mayoría tenían ya hijos. Cada noche desde hacía veinte días solo deseaba dormirse y no volver a despertad.
 Esa mañana mientras arreglaba el botiquín del hospital se le ocurrió ¿ Y porque no?. Miró los frascos de cloruro potásico. Era tan fácil, diez o quince centímetros en vena, se tumbaría en la cama y unos instantes después todo habría terminado. Acarició el frasco entre las manos con un extraño placer y lo metió en el bolsillo del uniforme. Esa mañana se hizo eterna.
Al fin llegó el relevo y caminó con una sonrisa tranquila hasta el vestuario. Esta vez no hubo silencios al verla entrar. Todas estaban comentando la desgraciada historia de una chica de diecisiete años que había entrado por urgencias. Se había tomado una botella de lejía porque se había quedado embarazada. No se había podido hacer nada por ella.
Susana se cambió mecánicamente mientras oía la historia sin prestar demasiada atención pero cuando iba camino de la salida con el frasco de CLK en el bolso pasó delante del pasillo que conducía al depósito. La chica había entrado cadáver y además era suicidio, tenía que estar allí a la espera de la autopsia. Sintió un impulso, una necesidad de verla. Giró hacia el pasillo del depósito y empujó las puertas, la sala estaba vacía y en el centro, en la mesa de autopsias el cuerpo tapado con una sábana. Se acercó despacio y con la misma lentitud levantó la tela hasta dejar el rostro descubierto. Era una cría preciosa, no había rictus en su cara apacible y serena, parecía dormida. El único indicio de muerte era su palidez y el afilamiento de su perfecta nariz. Susana la observó durante más de media hora tratando de imaginársela en todas las etapas de su corta vida y en las que podría haber vivido. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

– Todo tiene remedio – dijo Susana al cuerpo inmóvil que yacía frente a ella – Todo podía solucionarse menos lo que has hecho.

Lloró durante al menos diez minutos más por aquella vida tan joven perdida. Volvió a cubrirla, despacio salió del depósito y fue hacia la salida del hospital, sacó el frasco del bolso y lo arrojó a una papelera.
Ya en la calle aspiró el aire con fuerza y levantó la cabeza al cielo. Era increíblemente azul, giró hacia el sonido de las risas de los niños que jugaban en la plaza. La gente que pasaba junto a ella, los pájaros, las flores, todo era como si los viera por primera vez. Era una hermosa tarde de primeros de junio. Caminó por la acera mirando a todas partes, la luz, los colores, los olores. Se sentía extraña, se sentía bien, se sentía viva. En su pensamiento la idea de que la vida es una aventura imprevista y a partir de ese día nada ni nadie le impediría vivirla. Tan eufórica iba que al cruzar la calle no vio el coche que se le echó encima.

. – Oh no – gritó la hija interrumpiendo el relato – Dime que no la mató, por favor mamá no puede haberla matado.

. – ¿ Porque no? - preguntó la madre con suavidad – ¿ No quería morir?.

. – Pero era antes de ver a la chica – argumentó la hija – Después ha comprendido el valor de la vida, que ningún problema es peor que la muerte. No es justo mamá – siguió protestando – Ella lo ha entendido, no puede matarla un coche ahora ¿ Qué historia me estas contando?.

Miró a su hija largamente antes de continuar.

. – Tranquilízate. No la mató. El coche consiguió frenar a tiempo, ella cayó sobre el capó y quedó sentada en mitad de la calle. El hombre salió del vehículo, la ayudó a levantarse y la llevó a tomar algo hasta estar seguro que estaba bien. Estuvieron hablando toda la tarde. Se vieron al otro día y al otro y tres meses después se casarón en una ceremonia íntima, solo familiares cercanos y unos pocos amigos.

. – Sí, ya – dijo la hija con sorna – Y fueron felices para siempre.

. – No sé si para siempre – contestó la madre incorporándose – Tuvieron problemas como todo el mundo pero él era un hombre vital y optimista y Susana había aprendido la lección. Se complementaron bien y sí, diría que han sido felices.

. – De acuerdo mamá, reconozco que tienes imaginación para inventar historias excepto para buscar nombres. Le has puesto el tuyo a la protagonista.

Una amplia sonrisa apareció en la cara de Susana.

. – ¿ Sabes como se llamaba la chica del depósito?.

. – ¿Como voy a saberlo?.

. – Inés.

. – ¿ Como yo? – exclamó asombrada.

. – Aquella chica con su muerte me dio una lección de vida. Cuando naciste un año después quise llamarte como ella – Susana besó la frente de su hija y caminó hacia la puerta – Voy a poner la mesa, tu padre está a punto de llegar.

Inés con la boca abierta del asombro vio como su madre se perdía por el pasillo. Estuvo un largo rato mirando el marco pensativa, observó el vendaje de su muñeca durante bastantes minutos y suspiró.

. – Mamá – gritó con una sonrisa en su cara – Creo que voy a llamar a mis amigas para dar un paseo esta tarde.

. – Eso está bien hija – oyó que respondía su madre desde el comedor.


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