sábado, 10 de julio de 2010

El chaqué, 5ª parte.

Respiró tranquilo. Esa noche no había dormido bien. Había esquivado las reiteraciones sobre el tema de su mujer alegando dolor de cabeza pero las imágenes del cuerpo de ese hombre joven al que habían despojado de su traje no le dejaron dormir en paz.


No le había comentado nada a Paquita. Parecía resignada a lo inevitable porque esa mañana en el desayuno no había vuelto a insistir. Prefería darle una sorpresa aunque en su fuero interno reconocía que prefería oler el traje antes, quizá ese olor fuese resistente y todo lo que habían hecho no había servido para nada.

Ahora conduciendo hacia casa se sentía más tranquilo con el chaqué extendido en el asiento de al lado. No olía a nada y lo habían dejado impecable. Manolo tenía razón. No habían hecho nada malo. El traje iba a quemarse con el muerto y a su hijo y a él iba a hacerle un gran servicio.

Entró en casa llamando a gritos alborozados a su mujer, Paquita secándose las manos apareció por el pasillo.

- ¿ Pero que pasa? ¿ Porque gritas de esa forma?.
Ramón levantó la percha con el traje cubierto por el plástico con una sonrisa. Paquita se llevó las manos a la boca al ver de que se trataba.
- ¿ Pero como? ¿ Has pedido el préstamo?.
- Sabes que eso no es posible. Ha sido una sorpresa de los compañeros de la peña. Seguro que Manolo les ha contado el problema que teníamos y han tenido este detalle. Es un regalo de bodas para el chico.

Paquita introdujo emocionada la mano bajo el plástico y acarició la tela.

- Y es de los buenos. Debería ir a darles las gracias personalmente.
- No es necesario – dijo nervioso – ya sabes que la peña no admite mujeres.
- Estaba bien – añadió ella quitándole la percha de las manos y llevándose el traje hacia la habitación de su hijo – Pero cuenta con unas cuantas tartas caseras. ¡ Dios Mío ¡ Verás la cara que pone Antonio cuando lo vea.

Ramón esperó con ansiedad la llegada de su hijo. La excusa de la peña había colado con ella pero el chico quizá hiciera más preguntas.

Dejó que su mujer le dijera que fuese hacia su dormitorio, que tenía una sorpresa.

Al observar la reacción de su hijo mayor al contemplar el chaqué comprendió que Antonio había fingido que no le importaba llevar el traje que habían comprado. Puso una sonrisa de oreja a oreja y se tragó a pies juntillas la explicación de su madre del regalo de la peña. Ni siquiera comió antes, quiso probárselo enseguida.

Ramón observó que tanto su mujer como su hijo estaban tan emocionados que no cayeron en la cuenta de que el traje no tenía etiquetas de recién comprado. En la tintorería habían hecho un buen trabajo y el traje tenía el tacto de estreno.

Miró con admiración la buena planta de su hijo con el chaqué puesto mientras Paquita le colocaba la corbata. Antonio le sacaba un palmo y el difunto debía tener su misma altura y sus mismas medidas porque el traje le venía como un guante. Perfecto de todo. Además su hijo era más apuesto que el hombre que habían asesinado un día antes de su boda. Decididamente ese traje le iba a ser más útil a su hijo que a él. Iba a ser consumido por las llamas, suspiró aliviado al notar que desaparecía el remordimiento.

Ramón apoyado en el marco de la puerta miraba arrobado a su hijo ante el espejo de su armario y a su mujer dando tironcitos aquí y allá.

Su nieta de tres años con las manos manchadas de caramelo intentó llegar al tío pero la sujetó a tiempo.

Puri con su barriga de cinco meses y la otra pequeña de cuatro en brazos contempló a su hermano desde la puerta.

- Estas impresionante hermano. Vas a dejar a esos finolis boquiabiertos.

- Vamos, vamos – dijo Paquita empujándolos hacia fuera – Dejemos que se lo quite y le esperamos en la mesa. Dentro de dos horas llega el tren de Luis y hay que ir a buscarle.

Paquita miró unos segundos más a su hijo que seguía mirándose al espejo con satisfacción y cerró la puerta.

La alegría parecía haber vuelto a la casa de Ramón Sánchez mientras esperaban a Antonio sentados a la mesa, todos reían y bromeaban sobre la suerte que habían tenido con el improvisado regalo. Ramón suspiró aliviado al recordar que el marido de su hija era de un equipo contrario. El único que tenía contacto con la peña era él. Nadie tenía porque saber nada.

Paquita dio una voz llamando a su hijo al ver que tardaba más de la cuenta para sentarse a comer y todos sorprendidos le vieron pasar por el pasillo sin decir nada hacia la puerta con el chaqué aún puesto.

Continuará...
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