viernes, 4 de junio de 2010

El hada en el cristal, (VIII)

Al atardecer del día siguiente con un cielo púrpura y en tonos violetas del ocaso un grupo de hadas con sus hermosos rostros pensativos – entre las que se encontraba Iridia – contemplaba en una fuente mágica en el corazón del escaso bosque la extraña actividad que se estaba desarrollando en las inmediaciones de la zona quemada.

En efecto, varios camiones habían aparcado y desde todas partes comenzaban a llegar niños de todas las edades que se reunían en grupos en torno a un adulto según las instrucciones que habían recibido.
Paula, la profesora había contactado con la asociación ecologista y sus miembros dirigían ahora a los convocados repartiendo hojas con las ordenes de actuación.

Berta y Luis se unieron al grupo designado, escucharon las normas de quien les mandaba sobre donde y como plantar el árbol que habían recogido de uno los camiones.
El monte fue dividido en sectores y los grupos comenzaron a dispersarse siguiendo la luz de la linterna de sus guías.
La actividad fue frenética. El entusiasmo y la alegría por lo que estaban haciendo de niños y jóvenes era tal que no notaban el cansancio. Unos alumbraban mientras otros plantaban. Las primeras luces del alba fueron recibidas con gritos y aplausos de la multitud al ver completada su obra.

Las hadas que desde su privilegiado mirador habían observado todo se miraron sonrientes ante las muestras de alegría que contemplaban en silencio. Sin decir nada vieron como poco a poco se alejaban los niños camino de casa mientras sólo los adultos instalaban tiendas de campaña para descansar.
Los ecologistas habían decidido quedarse haciendo guardia a la espera de la reacción cuando la noticia llegase a las autoridades.

No se hizo esperar, fue la organización y Paula quienes avisaron a los periódicos sobre el hecho y esa mañana los titulares en primera página mostraba la increíble hazaña de un grupo de niños que en una sola noche había realizado algo que la pasividad de sus padres no había conseguido en años.

Reunidos en la gruta con Iridia, Berta y Luis relataban excitados la magnitud de la noticia y como no dejaban de hablar de ellos en todas las televisiones de numerosos países.

El hada les miraba benévola pero triste. No escapó a Luis su expresión.
          . – ¿ Que ocurre Iridia? No te veo feliz – se acercó y cogió su mano – No debes preocuparte. El impacto de todo esto ha sido tan sonoro que no creo que se atrevan a arrancar los árboles. Cada vez más gente se adhiere al proyecto apoyando a través de la red – sonrió con satisfacción – Hemos conseguido algo grande y creo que hemos asustado a esa multinacional.
Iridia acarició la cabeza de ambos si mudar su expresión anterior.
          . – Mi magia me permite ver el futuro más inmediato. Esa gente ya se está preparando para arrasar toda la zona plantada. Vuestra ley y grandes fuerzas le acompañaran para que no podáis evitarlo.

Berta apretó los puños con rabia.

          . – Somos una fuerza. Hemos logrado algo inmenso que excedía todas mis previsiones. No nos vamos a rendir. Además hay gente montando guardia en todos los flancos del bosque repoblado.
          . – Otras fuerzas muy poderosas ya están preparándose para caer sobre los guardianes – la mirada del hada reflejaba ahora una profunda tristeza – Ha sido un hermoso gesto que me ha devuelto la fe en vosotros. Cuando me sacasteis de mi encierro todo vuestro mundo fue captado por mi ánimo y aunque de donde venía siempre hubo injusticia y dolor nunca en las magnitudes que he percibido. Me abrumó por su número y por extremos que roza.
          . – Esos mismos extremos nos favorece Iridia – exclamó el niño – Hoy disponemos de la capacidad de comunicarnos al mismo tiempo y contamos con iniciativa. Si lo que dices es cierto no tenemos tiempo que perder. Hay que dar la voz de alarma y estudiar el modo de hacer frente a esta nueva batalla. La guerra aún no ha terminado.

Un poco más tarde los mensajes a través de los teléfonos amenazaba con colapsarse. Los correos iban y venían a través de la red informática. En el dormitorio de Luis, los dos niños con gesto angustiado preguntaban por ideas para hacer frente a la amenaza.
          . – Sólo hay una forma – dijo sobresaltándoles tras ellos la voz del abuelo – Hay que acudir al monte. Tenéis que convocar a niños y adultos y formar una barrera humana. No se atreverán a atravesarla.

Se miraron y afirmaron al mismo tiempo. Luis se volvió al monitor y comenzó a escribir en mensajes la nueva idea.

          . – Voy a decirle a la abuela que prepare comida en abundancia – dijo el anciano – El tiempo que tendremos que estar allí puede ser muy largo.
          . – ¿ Nos vas a acompañar abuelo?.
          . – No me perdería lo que va a suceder por nada del mundo. Me habéis devuelto la alegría con todo esto – una amplia sonrisa  iluminó su rostro lleno de arrugas – Los adultos a veces nos cegamos tanto en la preocupación que no dejamos lugar a la iniciativa. Menos mal que vuestra mente aún sin contaminar por la resignación ha sido más lúcida. Tu abuela se quedará para dar de comer a los animales pero yo estaré con vosotros hasta el final. Estoy orgulloso de los dos y vuestros padres lo estarían más aún.


Continuará...
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