miércoles, 17 de marzo de 2010

Los fallos de Dios.

Desmadejado en el sofá escuchaba con una sonrisa irónica la disertación del psiquiatra que habían llevado al programa especial de televisión sobre el nuevo crimen del asesino de la balanza.
Hablaba de un hombre desarraigado, seguro que perteneciente a una familia desestructurada que habría crecido en alguna zona marginal y que posiblemente se creyese víctima de alguna injusticia, de ahí el dibujar una balanza con sangre en el lugar del crimen.
Su mente enferma habría personificado en sus pobres víctimas inocentes a los culpables de ese suceso.
Juan no pudo menos que reír ante los comentarios. Nada más lejos de la realidad. Pertenecía a una familia de lo más tradicional. Sus padres con los que vivía llevaban casados más de cuarenta y ocho años y tenían dos hijas además de él. Se llevaban muy bien y siempre habían vivido en un buen barrio de la ciudad. Jamás fue víctima de ninguna injusticia, testigo sí, de muchas. De eso se trataba.
Comenzó hace dos años. Estaba en el supermercado del barrio haciéndole la compra a su madre. El casero de la esquina se justificaba ante sus vecinos del piso inferior de la noticia de la muerte en un incendio de un inmueble cercano abandonado, de la emigrante peruana y sus dos pequeños a los que había desahuciado en plena ola de frío del mes de enero.
Había leído la noticia en el periódico. La pobre mujer se refugió en los bajos de lo que había sido un viejo almacén de pintura. A causa del frío debió intentar hacer fuego, se propagó y los gases de los restos de pintura los mató aún cuando las llamas no llegarón a ellos.
El casero explicaba a la pareja de viejos que la emigrante debió acudir a los servicios sociales.
Juan pensó con rabia que era viernes por la tarde, en este país no se mueve nada en fin de semana.
Él había hecho lo que tenía que hacer y el viejo matrimonio le daba la razón diciendo que no debía sentirse mal. Solo ella era la culpable.
Supuso que lo mismo debieron decir cuando quince años antes su única hija de dieciocho años recién cumplidos se cortó las venas.
Rosi, con su cara dulce y su risa cristalina. Esa tarde llorando le explicó la conversación con sus padres cuando les contó que estaba embarazada y no quiso revelar la identidad del padre. Le dijeron que si el otro no podía responder ellos no iban a hacerse cargo de ella y el niño. Tendría que marcharse.
Intentó averiguar quien la había dejado en ese estado pero ella, hermética guardó silencio. Lloraba desesperada preguntándose que sería de ella y de su hijo.
Pasó la noche en vela pensando en el asunto. Al levantarse había tomado una decisión. Al volver de la oficina le propondría matrimonio. Él se haría cargo de ella y de su hijo. Resultaría raro y quizá pensarían que era suyo, que el solterón de treinta y cinco del tercero había dejado embarazada a la niña de los del segundo. Le daba igual, las habladurías pasarían y Rosi y su hijo tendrían un hogar.
Aún conservaba nítida en su memoria la imagen del cuerpo de Rosi metido en esa bolsa negra camino del depósito cuando bajaba las escaleras esa mañana.
Los pésames, las palabras de consuelo a los atribulados padres . Durante esos quince años la gente del barrio aún les compadecía por la desgracia de perder a su única hija. Ni un solo domingo faltarón a la misa. Nadie supo la causa que empujó a la muchacha al suicidio, los padres nunca lo contaron, pero él sí lo sabía.
Él y Dios que impasible permitía que esos rufianes tomasen el cuerpo de Cristo tras confesar cualquier cosa menos el terrible pecado de su culpabilidad.
Cuando contempló a varios vecinos más consolando al casero eximiéndole de la culpa se dió cuenta.
Había culpables de crímenes que no figuraban en el código penal de los hombres y que Dios cometía el fallo de no castigarlos. Ninguno se sentía culpable por lo que habían hecho. Gozaban de la consideración y el respeto de sus conciudadanos ignorantes de sus actos.
Fue ahí cuando se le ocurrió. Él enmendaría los fallos, él llevaría a cabo la justicia que a Dios se le escapaba.
El matrimonio fueron los primeros. Aún podía ver su cara de estupor cuando les recordó a la dulce Rosi antes de matarlos. Siempre les contaba a sus víctimas minutos antes de morir la razón de su castigo. Era el momento que más disfrutaba.
Por supuesto fue interrrogado como el resto de los vecinos del inmueble y de la calle. La balanza dibujada al lado de los cadáveres puso en guardia a la policía que ya temía que podía ser el primero de más crímenes.
El casero fue el quinto. Había que ser cauteloso. Había muchos casos, en la oficina a lo largo de los años había oído varios. Otros desayunando en el bar de siempre. Con los amigos, en las partidas de mús de los jueves.
Cuando mató al casero ni siquiera le interrogaron. Quien iba a sospechar del anodino solterón que vivía con los padres. Era un tipo simpático, afable y querido en el barrio.
Solo se mencionó en las noticias que el asesino de la balanza había atacado dos veces en el mismo barrio.
Siempre fue cuidadoso, meticuloso y limpio. No buscaba notoriedad, él solo buscaba justicia, eso evitaba que se volviese descuidado.
La policía no encontraba conexión entre las muertes ¿ Como iban a hallarla?.
Lo de la enfermera solo lo sabía la vieja monja sor Josefina, amiga de la familia, que por lástima a la juventud de ella encubrió su negligencia. Solo con él se lamentaba de la decisión que tomó aquel día cuando arrancó la hoja del libro de incidencias donde la estúpida sin darse cuenta había ido pormenorizando los errores que condujeron a la pérdida del paciente. La pobre mujer pensó que contándoselo y entregándole la hoja aprendería la lección. Seis meses después volvía a cometer otro fallo y esta vez fueron otros los que la encubrieron. Sor Josefina nunca vio en ella culpa o remordimiento.
En él tampoco hubo ninguno cuando le contó porque iba a morir.
Le fastidiaba las noticias sobre él en la televisión. El asesino de la balanza lleva doce asesinatos en dos años. Las pobres víctimas inocentes.
Siempre la misma frase. Hubiese querido que todos supiesen la verdad, que dejasen de llamarle monstruo despiadado. Él había hecho justicia, él corregía lo que a Dios se le escapaba. Verse vituperado e incomprendido era el precio. Su obra era silenciosa.
Doce víctimas, pero habría más, muchas más. Había ido elaborando una gran lista, se tomaría su tiempo, su caso estaba levantando una gran alarma social.
El asesino no sigue un patrón, puede atacar a cualquiera.
No, los inocentes estaban a salvo, él solo mataba culpables insidiosos que por acción u omisión habían provocado la muerte de otro. Él perfeccionaba la obra de Dios.


Ahora, tendido en las escaleras del palacio de justicia trataba de entender el porque del proceder de Dios.
Salió a dar un paseo esa tarde, no vio el camión que perdió la dirección llevándoselo por delante.
¿ Porque el Supremo actuaba así? No había intervenido ante esos miserables pero actuaba para frenar su obra.
No admitía interferencias.
Notaba como la vida iba abandonando su cuerpo. El asesino de la balanza dejaría de matar de repente.
Un misterio para los programas de televisión de años venideros.
En su último instante de vida fijó sus ojos en los rayos de un sol en el ocaso que se reflejaron sobre la balanza que sostenía la figura ciega suspendida sobre su cabeza.

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